Las fuerzas estadounidenses se retiraron formalmente de Irak el miércoles, lo que pone fin a una presencia militar de dos décadas que avivó años de un derramamiento de sangre devastador, y deja atrás una nación maltrecha que lucha por liberarse de sus dos aliados más poderosos, que ahora están en guerra.
Después de derrocar a Sadam Huseín en 2003, el brutal dictador que gobernó Irak durante casi 24 años, las fuerzas estadounidenses están realizando su segunda retirada del país.
La invasión y posterior ocupación estadounidense, que terminó en 2011, dejó un país tambaleante por la matanza sectaria y las insurgencias militantes que costaron casi 4500 vidas estadounidenses y mataron a más de 115.000 iraquíes, según los recuentos más moderados.
Las fuerzas estadounidenses regresaron tres años después, esta vez para liderar la coalición internacional que lucha contra el Estado Islámico, la fuerza yihadista que alguna vez se apoderó de franjas de Irak y Siria y se hizo notoria por su matanza de iraquíes musulmanes chiitas, asesinatos públicos de rehenes y la tortura y esclavización de mujeres de la minoría yazidí de Irak.
Con el final de la Operación Resolución Inherente, el nombre oficial que dio el ejército estadounidense a la campaña multinacional contra el Estado Islámico, los últimos 2500 efectivos de las fuerzas estadounidenses estacionadas en Irak este año ya se han ido.
“La coalición completó con éxito su operación de retirada organizada de Erbil”, anunció el contraalmirante Liam Hulin, jefe de la fuerza de tarea conjunta para la Operación Resolución Inherente, durante una ceremonia celebrada por funcionarios estadounidenses e iraquíes en Bagdad. Erbil, capital de la región semiautónoma de Kurdistán de Irak, albergaba la última base de la coalición en Irak.
“Me presento ante ustedes en este momento histórico, en el que una nación reclama su destino”, dijo Hulin, en un discurso pronunciado en árabe.
Con la promesa de que las fuerzas estadounidenses e iraquíes forjarían nuevas asociaciones de seguridad, Hulin instó a Irak a mantenerse alerta, y citó un proverbio árabe: “Prepárate para el chacal con el cinturón de un león”.
Los recordatorios físicos de décadas de guerra se borran cada día. Los muros contra explosiones que alguna vez serpentearon por Bagdad han sido derribados. Los centros comerciales, restaurantes y sitios de construcción rebosan de actividad en un país decidido a recuperar los ritmos de la vida normal arrebatados por años de coches bomba.

Los logros duramente ganados de los iraquíes parecen más precarios en una región convulsa por la agitación de la guerra de Estados Unidos e Israel contra Irán. Irak lucha por navegar sus relaciones críticas con Irán, su poderoso vecino, y con su aliado más importante, Washington, receloso de dejar que la salida de las tropas estadounidenses del país envalentone a Teherán.
El acuerdo de retirada de Estados Unidos fue pactado entre el gobierno de Bagdad y el gobierno de Joe Biden en 2024. Que el gobierno del presidente Donald Trump haya cumplido con la fecha límite del 30 de septiembre, a pesar de la guerra con Irán, refleja una determinación estadounidense más amplia de dar un paso atrás en la región.
Durante años, ha habido una fatiga estadounidense generalizada con las llamadas guerras eternas, como se llegó a conocer a los conflictos en Irak y en Afganistán.
Incluso mientras Irak conmemora la retirada estadounidense esta semana con una “celebración de la soberanía” de tres días, el país está bajo una inmensa presión del gobierno de Trump para desarmar a las milicias musulmanas chiitas respaldadas por Irán, muchas de las cuales están desafiando los esfuerzos del Estado para ponerlas bajo control.
Las últimas fuerzas estadounidenses dejan un legado estadounidense problemático. Irak sufrió enormes cantidades de bajas civiles y un ciclo de violencia sectaria entre la mayoría musulmana chiita de Irak, empoderada tras años de represión por el gobierno de Huseín, y la minoría sunita, despojada de los privilegios que alguna vez tuvo bajo su mandato.
Las propias fuerzas estadounidenses también cometieron muchos abusos, incluyendo la tortura de detenidos iraquíes en Abu Ghraib y el uso de contratistas de defensa privados como Blackwater, cuyas ejecuciones extrajudiciales de civiles avivaron profundos resentimientos sobre la impunidad estadounidense.
A pesar de estos agravios, los iraquíes han estado observando la salida de Estados Unidos con una sensación de inquietud.
“Mi esposa perdió la vista por la esquirla de una bala estadounidense”, dijo Omar al-Husseini, un fotógrafo de Mosul, la ciudad en el corazón del autoproclamado califato del Estado Islámico. “Mi tío murió a manos de ISIS, después de quedar paralizado por una bala estadounidense. Pero hoy, cuando hablamos de la partida de los estadounidenses, nuestra felicidad se mezcla con miedo”.
Bajo el liderazgo del primer ministro novato, Ali al-Zaidi, Irak se enfrenta a la abrumadora tarea de controlar al amplio abanico de milicias.







